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Caridad en la Verdad
Informe Ethos Nº 69 (2009)
Segunda Parte

El Centro de Ética de la Universidad Alberto Hurtado publica periódicamente un breve Informe Ethos, ofreciendo una lectura ética de un tema de interés nacional para ayudar en el discernimiento de un juicio moral responsable con vistas a una acción coherente. Se adopta el método ignaciano del triple paso: experiencia (hecho) – reflexión (su comprensión e implicaciones éticas) – acción (elementos para el discernimiento): una reflexión sobre la experiencia con miras a una acción consecuente.
Los Informes Ethos no pretenden agotar un tema como tampoco pronunciar una palabra conclusiva. Su propósito es poner de relieve la dimensión ética en la discusión sobre temas que inciden en la vida ciudadana. Por ello, no se pretende pensar éticamente por otros sino estimular a otros para pensar éticamente. Los Informes son elaborados por Tony Mifsud s.j. (Doctor en Teología Moral), apoyado por un equipo del Centro de Ética (Elizabeth Lira, Directora del Centro y Psicóloga; Verónica Anguita, Licenciada en Ciencias Religiosas y Magister en Bioética).
Progreso y técnica
34.- La encíclica Caritas in veritate advierte contra “el gran riesgo de confiar todo el proceso del desarrollo sólo a la técnica, porque de este modo quedaría sin orientación” (No 14). En la actualidad el desarrollo se encuentra estrechamente ligado al progreso tecnológico. “La técnica es el aspecto objetivo del actuar humano, cuyo origen y razón de ser está en el elemento subjetivo: el hombre que trabaja. Por eso, la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos condicionamientos materiales” (No 69).
35.- La técnica tiene un rostro ambiguo, cuando el ser humano se pregunta sólo por el cómo en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar. La mentalidad tecnicista hace coincidir la verdad con lo factible. Sin embargo, el verdadero desarrollo no consiste principalmente en el hacer. “La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona considerada en la globalidad de su ser” (No 70).
36.- En la época actual resulta frecuente considerar el desarrollo como “un problema de ingeniería financiera, de apertura de mercados, de bajadas de impuestos, de inversiones productivas, de reformas institucionales, en definitiva como una cuestión exclusivamente técnica. Sin duda, todos estos ámbitos tienen un papel muy importante, pero deberíamos preguntarnos por qué las decisiones de tipo técnico han funcionado hasta ahora sólo en parte”. El problema es que “el desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común. Se necesita tanto la preparación profesional como la coherencia moral” (No 71).
Derechos y Deberes
37.- En la actualidad se tiende a pensar que uno no debe nada a nadie, considerándose tan sólo titular de derechos sin la correspondiente responsabilidad con respecto al desarrollo integral propio y ajeno. Es que “la exacerbación de los derechos conduce al olvido de deberes. Los deberes delimitan los derechos porque remiten a un marco antropológico y ético en cuya verdad se insertan también los derechos y así dejan de ser arbitrarios. Por este motivo, los deberes refuerzan los derechos y reclaman que se los defienda y promueva como un compromiso al servicio del bien… Compartir los deberes recíprocos moviliza mucho más que la mera reivindicación de derechos” (No 43).
Subsidiariedad y Solidaridad
38.- Así, la solidaridad universal, un beneficio para todos, es también un deber. Los principios de solidaridad y de subsidiariedad se complementan mutuamente, porque “así como la subsidiariedad sin la solidaridad desemboca en el particularismo social, también es cierto que la solidaridad sin la subsidiariedad acabaría en el asistencialismo que humilla al necesitado” (No 58).
39.- La subsidiariedad es una ayuda que respeta la autonomía de los cuerpos intermediarios. “Dicha ayuda se ofrece cuando la persona y los sujetos sociales no son capaces de valerse por sí mismos, implicando siempre una finalidad emancipadora, porque favorece la libertad y la participación a la hora de asumir responsabilidades”. Por ello, el principio de la subsidiariedad “es el antídoto más eficaz contra cualquier forma de asistencialismo paternalista” (No 57).
3.- Implicaciones éticas
40.- En relación con el contexto de la Populorum Progressio la gran novedad ha sido “el estallido de la interdependencia planetaria, ya comúnmente llamada globalización”. De por sí, este fenómeno constituye “una gran oportunidad”. Sin embargo, “este impulso planetario puede contribuir a crear riesgo de daños hasta ahora desconocidos y nuevas divisiones en la familia humana”. Por ello, es preciso “ensanchar la razón y hacerla capaz de conocer y orientar estas nuevas e imponentes dinámicas” (No 33).
41.- Con respecto a algunas actitudes fatalistas ante la globalización, como si las dinámicas que la producen procedieran de fuerzas anónimas e impersonales o de estructuras independientes de la voluntad humana, la encíclica recuerda “que la globalización ha de entenderse ciertamente como un proceso socioeconómico, pero no es ésta su única dimensión. Tras este proceso más visible hay realmente una humanidad cada vez más interrelacionada; hay personas y pueblos para los que el proceso debe ser de utilidad y desarrollo, gracias a que tanto los individuos como la colectividad asumen sus respectivas responsabilidades”. En el fondo, “la verdad de la globalización como proceso y su criterio ético fundamental vienen dados por la unidad de la familia humana y su crecimiento en el bien” (No 42).
42.- Desde una perspectiva ética, la globalización no es, de antemano, ni buena ni mala, porque será lo que se haga de ella como proceso planetario. Por ello, “debemos ser sus protagonistas, no las víctimas, procediendo razonablemente, guiados por la caridad y la verdad. Oponerse ciegamente a la globalización sería una actitud errónea, preconcebida, que acabaría por ignorar un proceso que tiene también aspectos positivos, con el riesgo de perder una gran ocasión para aprovechar las múltiples oportunidades de desarrollo que ofrece”. Es que “el proceso de globalización, adecuadamente entendido y gestionado, ofrece la posibilidad de una gran redistribución de la riqueza a escala planetaria como nunca se ha visto antes; pero, si se gestiona mal, puede incrementar la pobreza y la desigualdad, contagiando además con una crisis a todo el mundo. Es necesario corregir las disfunciones… de modo que la redistribución de la riqueza no comporte una redistribución de la pobreza, e incluso la acentúe, como podría hacernos temer también una mala gestión de la situación actual”. Por consiguiente, es preciso “orientar la globalización de la humanidad en términos de relacionalidad, comunión y participación” (No 42).
43.- En este contexto de la interdependencia mundial, y también en presencia de una recesión de alcance global, es urgente “la reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones… y dar también una voz eficaz en las decisiones comunes a las naciones más pobres”. “Para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial” (No 67).
Economía, empresa y mercado
44.- La encíclica plantea la necesidad de una nueva y más profunda reflexión sobre el sentido de la economía y de sus fines, junto con “una honda revisión con amplitud de miras del modelo de desarrollo, para corregir sus disfunciones y desviaciones” (No 32). La actual crisis mundial ha demostrado que la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento. “Sobre este aspecto, la doctrina social de la Iglesia ofrece una aportación específica, que se funda en la creación del hombre a imagen de Dios (Gén 1, 27), algo que comporta la inviolable dignidad de la persona humana, así como el valor trascendente de las normas morales naturales. También “conviene esforzarse - la observación aquí es esencial - no sólo para que surjan sectores o segmentos éticos de la economía o de las finanzas, sino para que toda la economía y las finanzas sean éticas y lo sean no por una etiqueta externa, sino por el respeto de exigencias intrínsecas de su propia naturaleza” (No 45).
45.- En la actualidad la distinción entre empresas destinadas al beneficio y organizaciones sin ánimo de lucro ya no refleja plenamente la realidad porque “ha ido surgiendo una amplia zona intermedia entre los dos tipos de empresas. Esa zona intermedia está compuesta por empresas tradicionales que, sin embargo, suscriben pactos de ayuda a países atrasados; por fundaciones promovidas por empresas concretas; por grupos de empresas que tienen objetivos de utilidad social; por el amplio mundo de agentes de la llamada economía civil y de comunión. No se trata sólo de un tercer sector, sino de una nueva y amplia realidad compuesta, que implica al sector privado y público y que no excluye el beneficio, pero lo considera instrumento para objetivos humanos y sociales”. En otras palabras, son empresas con “disponibilidad para concebir la ganancia como un instrumento para alcanzar objetivos de humanización del mercado y de la sociedad” (No 46).
46.- Además, “las actuales dinámicas económicas internacionales, caracterizadas por graves distorsiones y disfunciones, requieren también cambios profundos en el modo de entender la empresa… Uno de los mayores riesgos es sin duda que la empresa responda casi exclusivamente a las expectativas de los inversores en detrimento de su dimensión social”. Sin embargo, también se reconoce “que se está extendiendo la conciencia de la necesidad de una responsabilidad social más amplia de la empresa”, es decir, “la convicción según la cual la gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes, proveedores de los diversos elementos de producción, la comunidad de referencia” (No 40).
47.- Con respecto al mercado se recuerda que éste “está sujeto a los principios de la llamada justicia conmutativa, que regula precisamente la relación entre dar y recibir entre iguales. Pero la doctrina social de la Iglesia no ha dejado nunca de subrayar la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social para la economía de mercado”; porque “si el mercado se rige únicamente por el principio de la equivalencia del valor de los bienes que se intercambian, no llega a producir la cohesión social que necesita para su buen funcionamiento. Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave” (No 35).
48.- Ya en la Populorum progressio se pide “un modelo de economía de mercado capaz de incluir, al menos tendencialmente, a todos los pueblos, y no solamente a los particularmente dotados”; es decir, el “compromiso para promover un mundo más humano para todos, un mundo en donde todos tengan que dar y recibir, sin que el progreso de los unos sea un obstáculo para el desarrollo de los otros” (No 39).
Política, Estado y sociedad civil
49.- “La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios” (No 36).
50.- Esto no significa que la actividad económica debe considerarse, por definición, como una realidad antisocial en sí misma. “Es verdad que el mercado puede orientarse en sentido negativo, pero no por su propia naturaleza, sino por una cierta ideología que lo guía en este sentido… En efecto, la economía y las finanzas, al ser instrumentos, pueden ser mal utilizadas cuando quien los gestiona tiene sólo referencias egoístas. De esta forma, se puede llegar a transformar medios de por sí buenos en perniciosos. Lo que produce estas consecuencias es la razón oscurecida del hombre, no el medio en cuanto tal. Por eso, no se deben hacer reproches al medio o instrumento sino al hombre, a su conciencia moral y a su responsabilidad personal y social” (No 36).
51.- A la vez, “el mercado único de nuestros días no elimina el papel de los Estados, más bien obliga a los gobiernos a una colaboración recíproca más estrecha. La sabiduría y la prudencia aconsejan no proclamar apresuradamente la desaparición del Estado. Con relación a la solución de la crisis actual, su papel parece destinado a crecer, recuperando muchas competencias. Hay naciones donde la construcción o reconstrucción del Estado sigue siendo un elemento clave para su desarrollo... No es necesario que el Estado tenga las mismas características en todos los sitios” (No 41).
El mundo del trabajo
52.- La dignidad de la persona y las exigencias de la justicia exigen “que las opciones económicas no hagan aumentar de manera excesiva y moralmente inaceptable las desigualdades y que se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos, o lo mantengan”. Esto es también una exigencia de la razón económica. “El aumento sistémico de las desigualdades entre grupos sociales dentro de un mismo país y entre las poblaciones de los diferentes países, es decir, el aumento masivo de la pobreza relativa, no sólo tiende a erosionar la cohesión social y, de este modo, poner en peligro la democracia, sino que tiene también un impacto negativo en el plano económico por el progresivo desgaste del capital social, es decir, del conjunto de relaciones de confianza, fiabilidad y respeto de las normas, que son indispensables en toda convivencia civil” (No 32).
53.- Resulta evidente la relación entre pobreza y desocupación. “Los pobres son en muchos casos el resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano, bien porque se limitan sus posibilidades (desocupación, subocupación), bien porque se devalúan los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia”. Por ello, la importancia de insistir en el derecho al trabajo decente, es decir, “un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación” (No 63).
54.- Las organizaciones sindicales de los trabajadores han estado siempre presentes en la preocupación social de la Iglesia. Al respecto, “sigue siendo válida la tradicional enseñanza de la Iglesia, que propone la distinción de papeles y funciones entre sindicato y política. Esta distinción permitirá a las organizaciones sindicales encontrar en lasociedad civil el ámbito más adecuado para su necesaria actuación en defensa y promoción del mundo del trabajo, sobre todo en favor de los trabajadores explotados y no representados, cuya amarga condición pasa desapercibida tantas veces ante los ojos distraídos de la sociedad” (No 64).
55.- El fenómeno de las migraciones no está ajeno al mundo laboral. En las circunstancias actuales “ningún país por sí solo puede ser capaz de hacer frente a los problemas migratorios “, y, por tanto, “requiere una fuerte y clarividente política de cooperación internacional para afrontarlo debidamente. Esta política hay que desarrollarla partiendo de una estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino de los emigrantes; ha de ir acompañada de adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las de las sociedades de destino” (No 62).
56.- Ciertamente, constituye un fenómeno complejo de gestionar. “Sin embargo, está comprobado que los trabajadores extranjeros, no obstante las dificultades inherentes a su integración, contribuyen de manera significativa con su trabajo al desarrollo económico del país que los acoge, así como a su país de origen a través de las remesas de dinero. Obviamente, estos trabajadores no pueden ser considerados como una mercancía o una mera fuerza laboral. Por tanto no deben ser tratados como cualquier otro factor de producción. Todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación” (No 62).
El medio ambiente
57.- En la comprensión cristiana “la naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad”, porque “nos habla del Creador (cf. Rom 1, 20) y de su amor a la humanidad”. Por tanto, “la naturaleza está a nuestra disposición no como un montón de desechos esparcidos al azar, sino como un don del Creador”. No obstante, “se ha de subrayar que es contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza como más importante que la persona humana misma”, como también es necesario “refutar la posición contraria, que mira a su completa tecnificación, porque el ambiente natural no es sólo materia disponible a nuestro gusto, sino obra admirable del Creador”. Además, no se puede “ignorar a las generaciones sucesivas, sino que han de caracterizarse por la solidaridad y la justicia intergeneracional, teniendo en cuenta múltiples aspectos, como el ecológico, el jurídico, el económico, el político y el cultural” (No 48).
58.- Existe una urgente necesidad moral de una renovada solidaridad, especialmente en las relaciones entre países en vías de desarrollo y países altamente industrializados. “Las sociedades tecnológicamente avanzadas pueden y deben disminuir el propio gasto energético, bien porque las actividades manufactureras evolucionan, bien porque entre sus ciudadanos se difunde una mayor sensibilidad ecológica. Además, se debe añadir que hoy se puede mejorar la eficacia energética y al mismo tiempo progresar en la búsqueda de energías alternativas. Pero es también necesaria una redistribución planetaria de los recursos energéticos, de manera que también los países que no los tienen puedan acceder a ellos. Su destino no puede dejarse en manos del primero que llega o depender de la lógica del más fuerte” (No 49).
59.- La encíclica subraya que el modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera en que se trata a sí mismo, y viceversa. “Esto exige que la sociedad actual revise seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del mundo, tiende al hedonismo y al consumismo, despreocupándose de los daños que de ello se derivan. Es necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida” (No 51).
4.- Elementos para el discernimiento
60.- La actual sociedad padece de una profunda crisis cuando tiende a reducir el progreso a una sola dimensión del ser humano. “Este es el daño que el superdesarrollo produce al desarrollo auténtico, cuando va acompañado por el subdesarrollo moral” (No 29). En este contexto, Benedicto XVI insiste en la dimensión espiritual del ser humano e introduce categorías como la relacionalidad y la gratuidad en todo el quehacer humano. De esta manera, invita a superar la dicotomía entre lo económico y la vida social, estableciendo el triple referente de mercado-Estado-sociedad civil como corresponsables de la res publica (Nos 24 y 39).
61.- En lo fundamental, la encíclica Caridad en la Verdad ofrece una lectura teológica de la realidad con la propuesta de una correspondiente y consecuente ética cristiana. La comprensión antropológica cristiana fundamenta el compromiso ético cristiano. La comprensión antropológica es clave para una lectura ética de la realidad y la encíclica aboga claramente para un humanismo integral, un humanismo capaz de asumir todas las dimensiones de la persona y de las personas. Además, tal como corresponde al estatuto epistemológico de una enseñanza de la Iglesia, ofrece la propuesta de un humanismo cristiano.
62.- El ineludible compromiso social del cristiano encuentra una fuerza que resiste la tentación de la huída o de la aceptación cínica en los momentos difíciles. “La conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades humanas. El amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros, las autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que anhelamos” (No 78).
63.- Este humanismo cristiano es dialogante con otros pensamientos, porque “la razón necesita siempre ser purificada por la fe, y esto vale también para la razón política, que no debe creerse omnipotente. A su vez, la religión tiene siempre necesidad de ser purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro humano. La ruptura de este diálogo comporta un coste muy gravoso para el desarrollo de la humanidad” (No 56).
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