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Dolor y Ethos 1 º parte
Informe Ethos Nº 49

El Centro de Ética de la Universidad Alberto Hurtado publica periódicamente un breve Informe Ethos, ofreciendo una lectura ética de un tema de interés nacional para ayudar en el discernimiento de un juicio moral responsable con vistas a una acción coherente. Se adopta el método ignaciano del triple paso: experiencia (hecho) – reflexión (su comprensión e implicaciones éticas) – acción (elementos para el discernimiento): una reflexión sobre la experiencia con miras a una acción consecuente.
Los Informes Ethos no pretenden agotar un tema como tampoco pronunciar una palabra conclusiva. Su propósito es poner de relieve la dimensión ética en la discusión sobre temas que inciden en la vida ciudadana. Por ello, no se pretende pensar éticamente por otros sino estimular a otros para pensar éticamente. En la actualidad el equipo está conformado por Tony Mifsud s.j. (Director, Doctor en Teología Moral), Elizabeth Lira (Psicóloga), Pablo Salvat (Doctor en Filosofía), Pablo Concha s.j. (Doctor en Teología Moral), y Verónica Anguita (Magister en Bioética).
1.- El hecho
1.- El dolor no discrimina entre raza, grupo social, género, edad…, y es tan elemental como el fuego y el agua, porque forma parte de la misma vida humana. El dolor es individual, pero a la vez, totalmente universal, porque resulta común a todos los tiempos y abarca a todas las nacionalidades del orbe. El poeta francés Alfred de Musset (1810 - 1857) afirmó que “el hombre es un aprendiz, el dolor es su maestro”. En el dolor, la humanidad se reconoce a sí misma, más allá de las múltiples y variadas diferencias.
2.- Es fácil reconocer el dolor, propio y ajeno, pero resulta difícil definir los límites exactos entre el sufrir y el no sufrir, porque el sólo miedo frente al dolor ya constituye una experiencia dolorosa. En la sociedad actual sólo cabe el discurso sobre el éxito y la felicidad, pero ya no se habla públicamente del dolor, ni menos se educa para una vida en la cual el dolor está presente. Sin embargo, una cultura que niega o ignora la presencia del dolor está condenada al fracaso porque el precio de este silencio se paga con remedios, drogas, alcohol, y, lo peor de todo, una enorme soledad.
3.- La experiencia del dolor despierta del sueno de la distracción existencial y ayuda a enfrentar la realidad de la condición humana, porque exige plantearse las interrogantes más fundamentales sobre el sentido de la propia vida. El dolor coloca un freno a la vida acelerada y hace pensar sobre lo más importante y significativo. En la vida se pueden controlar muchas cosas, pero el sufrimiento, como el amor, penetra los códigos más secretos, y, por ello, obliga al ser humano a enfrentarse consigo mismo.
2.- Comprensión del hecho
4.- El reconocimiento del dolor como parte de la vida no desconoce la presencia de la felicidad; aún más, su aceptación posibilita el encuentro con la auténtica alegría. La verdad es que no hay crecimiento personal sin dolor; no hay posibilidad de creatividad en la vida si uno no se conecta con el dolor. La misma vida se va construyendo sobre las renuncias y la paciencia del duelo hace crecer. Así, el nino aprende a separarse de sus padres para comenzar su ida a la escuela; el joven se aleja de la protección de su casa para buscar su pareja y formar su propio hogar; el adulto renuncia a sus suenos adolescentes para construir sobre las posibilidades que la realidad le va presentando.
La condición humana
5.- Desde una perspectiva médica, el dolor es necesario porque constituye un mecanismo de defensa, ya que alerta ante el ambiente y sus peligros. El cuerpo humano está lleno de receptores de los sentidos (especialmente, en la piel, los músculos, los huesos y los órganos internos) desde donde se envía la información al cerebro. Éste lo elabora y lo proyecta hacia el lugar donde se captó el estímulo para producir una reacción instintiva de alejamiento. En otras palabras, el dolor es una alarma de protección contra el dano corporal.
6.- La sensación del dolor sirve para ajustar la postura del cuerpo o cambiar la posición. Sin estos desplazamientos continuos, sin estos leves ajustes, se padecerá inflamaciones e infecciones que los huesos provocarán con el roce en el tejido conectivo. De hecho, los padres de ninos insensibles al dolor se ven obligados a cuidarlos las veinticuatro horas del día, ya que la amenaza asoma en todas partes.
7.- También el dolor psicológico resulta ser un indicador de que algo está mal en la vida de una persona, y el temor llega a ser una protección en cuanto resulta ser un aprendizaje para evitar situaciones dolorosas. El dolor es una memoria adaptativa que ensena a manejarse en situaciones concretas. Por ello, conocer el propio dolor (conectarse con él) y aceptarlo (reconocer su presencia) es conocerse a uno mismo, lo cual lleva a la evolución y al crecimiento en la auténtica libertad. Aún más, el reconocimiento del propio dolor abre a la comprensión del dolor ajeno y permite crear relaciones de solidaridad en la alteridad.
8.- También existe el dolor humillante frente a la propia debilidad y fragilidad. “Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco… Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” (Rom 7, 15 – 19). En fin, hay distintas causas del dolor en la vida, pero el dolor es siempre dolor y hace sufrir. El dolor de una persona llega a ser el dolor de las otras que la quieren. Es el dolor de la impotencia frente aquel que sufre.
9.- Los avances de la medicina proporcionan múltiples soluciones para atenuar, y hasta eliminar, el dolor físico; pero el sufrimiento psicológico sólo tiene, en definitiva, una solución humana. Aún más, nadie puede resolver el dolor en la vida de otro; se puede acompanar, aconsejar, abrazar al otro, pero, en última instancia, cada uno tiene que enfrentarse y conectarse con el propio dolor.
10.- El dolor es inevitable y hace acto de presencia en todas partes, uniendo a toda la humanidad en una experiencia común. Todos pasan inevitablemente por la escuela del sufrimiento. Y, a pesar de todas las racionalizaciones lógicas, surge la pregunta de su por qué y de su para qué. Inevitablemente, a la hora del dolor, brota espontáneamente la interrogante por su sentido.
La comprensión cristiana
11.- Se tiende a acusar al cristianismo de dolorismo, de ser profesionales del luto, del llanto y de la tristeza. Sin embargo, el sentido de la Cruz no se encuentra en la madera sino en la Persona que colgaron sobre ella. La felicidad y la paz del cristiano no provienen del dolor sino del amor de Dios Padre que se expresa de manera encarnada en el Hijo Jesús. “Dios no ha venido a suprimir el sufrimiento. Ni siquiera ha venido a explicarlo. Ha venido a llenarlo con su presencia. Quedan muchas cosas oscuras; pero hay una cosa al menos que no podemos decirle a Dios: Tú no sabes lo que es sufrir” (Paul Claudel, escritor francés, 1868 – 1955).
12.- En la visión cristiana, el dolor fue introducido por el ser humano al no aceptar su condición de creatura y preferir sus propios planes a los de su Creador. Sin embargo, este Dios que respeta la libertad humana, porque el Amor respeta la libertad del otro, se hace, en el Hijo Jesús, el Dios doliente para hacerse presente y cercano, llenando el corazón humano con la promesa de que el dolor no es la última palabra. Pero Dios no es un sedante ni algo mágico que elimina el dolor. “La extrema grandeza del cristianismo proviene del hecho de que no busca un remedio sobrenatural contra el sufrimiento, sino de que hace un uso sobrenatural del mismo” (Simon Weil, filósofa francesa, 1909 – 1943).
13.- Jesús invita al ser humano a vivir con plenitud de confianza en el Padre Dios que cuida amorosa y misteriosamente de la humanidad (cf. Lc 13, 2 – 4; Jn 9, 2 – 3; Mt 6, 25 – 34 y 10, 26 – 31). Sin embargo, en medio del dolor, a veces, igual brota la pregunta del salmista: Son mis lágrimas mi pan, de día y de noche, mientras me dicen todo el día: ?Dónde está tu Dios? (Salmo 42, 4). La presencia del dolor pregunta por la ausencia de Dios. ?Cómo es posible reconciliar el dolor humano con la bondad divina?
14.- Una posible respuesta es la reconciliación en la negación, es decir, si existe el dolor, entonces no puede existir una divinidad bondadosa. !Dios o dolor! Pero también vale la pena hacer el esfuerzo humano de una reconciliación en la afirmación: Dios y dolor.
15.- Por de pronto, en este intento habría que descartar algunas interpretaciones que, para salvar la existencia de Dios, terminan proyectando una imagen injusta de Él. Así, por ejemplo, la afirmación de la existencia de un Dios impasible en medio del sufrimiento humano, sólo deja la alternativa de una divinidad cruel. Clive Staples Lewis (escritor y académico irlandés, 1898 – 1963), al reflexionar y examinar su agonía frente a la muerte de su esposa (Helen Joy Gresham), escribe: “No creo que esté en verdadero peligro de dejar de creer en Dios. El auténtico peligro consiste en llegar a creer esas terribles cosas sobre Él [como, por ejemplo, Su ausencia en los momentos del dolor]. La conclusión que me aterra no es que, al fin y al cabo, Dios no existe, sino más bien que, a fin de cuentas, no hay que enganarse porque ese es el verdadero Dios”.
16.- Una primera interpretación puede formularse en términos de una reconciliación que explica el dolor como un castigo divino. Sin embargo, la relación con Dios ni siquiera se basa sobre los méritos porque, como dice San Juan, Él nos amó primero (1 Jn 4, 19). Por tanto, si la relación con Dios se basa en la gratuidad del amor, no cabe la imagen de un Dios castigador. Jesús presentó y anunció a Dios en términos de un Padre (Abbá, papito) y que - suceda lo que suceda – invita a confiar plenamente en Él (cf. Mt 6, 25 – 30; 10, 29 – 31). La idea de un Dios castigador, ?no será más bien una proyección humana? En otras palabras, ?no sería pensar a Dios en términos humanos? Evidentemente, existe una cuota de sufrimiento humano que resulta claramente de la toma de malas decisiones, pero será totalmente injusto echarle la culpa a Dios por ello. ?Hay acaso alguno entre ustedes que al hijo que le pide pan le dé una piedra?… Si, pues, ustedes… saben dar cosas buenas a sus hijos, !cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! (Mt 7, 9 – 11).
17.- Una segunda interpretación comprende el dolor como una prueba divina, para poder reconciliar dolor humano y bondad divina: Dios envía el dolor para poner a prueba al ser humano. Pero este argumento tampoco resulta convincente, porque, como bien escribe C.S. Lewis, “Dios no ha estado haciendo un experimento con mi fe o con mi amor para poner a prueba su calidad. Ya la conocía”. En la Carta de Santiago se afirma: “Nadie, cuando sea probado, diga: Es Dios quien me prueba; porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie. Sino que cada uno es probado por su propia concupiscencia [debilidad, inclinación al mal] que le arrastra y le seduce” (Sant 1, 13 – 14).
18.- Una tercera interpretación otorga al dolor un valor salvífico en sí mismo. En este caso, la vida se entiende como un camino de dolor. La tierra está para sufrir ahora; el cielo para gozar después. Pero, entonces, ?el ser humano fue creado para sufrir? Además, el dolor no salva, sino sólo Dios salva. El dolor es consecuencia del pecado, de las malas decisiones humanas, y justamente Dios se hace hombre para liberar al ser humano del pecado y sus consecuencias.
19.- La presencia del sufrimiento en el mundo no necesariamente pone en duda la existencia de Dios, pero ciertamente exige re-pensar la comprensión de Dios, es decir, la presencia del sufrimiento no desafía necesariamente la presencia de Dios, sino más bien la comprensión que uno tiene de Él. Frente a la muerte de su esposa y la angustia religiosa consecuente, C.S. Lewis escribió: “Si mi casa ha colapsado con un solo golpe, así ha sido porque era una casa de cartas de naipes”. De hecho, la aceptación de la no comprensión constituye el primer paso hacia una comprensión desde lo cristiano. En otras palabras, el reconocimiento de los límites humanos abre a la revelación de la sabiduría divina. Sólo una renuncia a una respuesta que corresponde a la pura lógica humana permite disponerse, con humildad, a la posibilidad de una respuesta divina. La falta de comprensión humana no conduce necesariamente a la ausencia divina sino también abre a la posibilidad del reconocimiento del límite humano.
20.- Esta búsqueda angustiosa de reconciliar el dolor humano con la bondad divina está bellamente expresada en la figura de Job. Yahvéh recibe sus quejas con una amorosa paciencia pero no acepta que se le pida cuentas, cuando se desconfía de Él. ?De veras quieres anular mi juicio? Para afirmar tu derecho, ?me vas a condenar? ?Tienes un brazo tú como el de Dios? ?Truena tu voz como la suya? (Job, 40, 8 – 9). Y Job reconoce su error. Sé que eres el Dios todopoderoso: ningún proyecto Te es irrealizable. Era yo el que empenaba el Consejo con razones sin sentido. Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan e ignoro… Yo Te conocía sólo de oídas, mas ahora Te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento (Job, 42, 2 – 6).
21.- No resulta justo juzgar a Dios desde la provisionalidad de la historia humana. El hoy no es lo definitivo y el manana es objeto de la esperanza (cf. Rom 8, 18 – 26). Por consiguiente, resulta humano dolerse frente al silencio divino, pero no sería justo creer que a Dios no le interesa el ser humano, creer que Dios es insensible ante el quejido sufriente, que a Dios no le importa lo que ocurra a la humanidad. El problema está más bien en no dejar a Dios ser Dios, en no respetarle su manera de actuar y, por el contrario, exigirle una intervención mágica. La actuación de Dios Padre ante la pasión del Hijo no fue para liberarle del sufrimiento sino para resucitarlo; es decir, Dios escuchó la oración del Hijo, pero de una manera distinta y más grandiosa de la que el Hijo le pidió.
El Dios de Jesús
22.- Ciertamente, el dolor no resume la vida de Jesús. Por el contrario, Jesús no fue un hombre triste. De hecho, sus adversarios lo acusaron de ser un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores (cf. Mt 11, 19 y Mt 9, 10 – 11). Sin embargo, también conoció el dolor en carne propia; un dolor que no puede limitarse a la Pasión. Jesús conoció el dolor en Su cuerpo, pero también padeció en la profundidad de Su alma. En el jardín del Getsemaní, Jesús sorprende a sus discípulos con las palabras: Mi alma está triste hasta el punto de morir (Mt 26, 38). Su tristeza y angustia llegan a tal grado que el evangelista escribe que en Su agonía, Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en la tierra (Lc 22, 44).
23.- Jesús sufrió el dolor del abandono, el quedarse totalmente solo y precisamente en los momentos cuando uno más necesita estar acompanado. Este abandono es agravado por el sabor de la traición. No resulta difícil percibir el profundo dolor que atravesó Su alma cuando se encontró con su madre. Sufrió al verla sufrir. Ser humillado frente a desconocidos duele, pero ser humillado frente a la propia madre debe ser terrible.
24.- Jesús conoció el desprecio. Los doctores de la ley no creyeron en Él porque era un hombre sin estudios (cf. Jn 7, 15), y, además, provenía de una región de mala fama (cf. Jn 1, 46; 7, 41 y 52). La gente de su pueblo sospechaban de Él porque era tan sólo el hijo de José el carpintero (cf. Lc 4, 22). Sus propios parientes le tuvieron como un verdadero loco porque no quería aprovecharse de su poder para hacer magia (cf. Mc 3, 21; Jn 7, 4). Sus conciudadanos piden a gritos su muerte y prefieren dejar en libertad a Barrabás, un salteador (cf. Jn 18, 40). Realmente, en palabras de Juan, Jesús vino a su casa y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11); aún más, el acuerdo es: Que sea crucificado (Mt 27, 23).
25.- Pero, ?por qué soportar tanto dolor? Jesús se sabía profundamente amado por el Padre y, por ello, frente al dolor confiaba plenamente en Él. Sólo en el amor resulta posible dar este paso de incondicional y total confianza en medio del dolor y del sufrimiento. En Jesús, el rostro del Dios cristiano ya no es de un todopoderoso, sino el de un todo débil, porque el amor, que significa dar y darse, se hace frágil y se debilita frente al otro. En el misterio de la Cruz la omnipotencia divina se revela como la omnipotencia del amor doliente.
26.- El Dios Crucificado cambia totalmente la manera de relacionar el poder y la bondad de Dios, contradiciendo la misma contradicción lógica. En otras palabras, la presencia del dolor humano contradice la complementariedad entre el poder y la bondad divina, porque si Dios es todopoderoso, entonces no es bondadoso ya que no elimina el dolor; y si Dios es bondadoso, pero no puede suprimir el dolor humano, entonces no es todopoderoso.
27.- Sin embargo, la realidad asombrosa de un Dios doliente rompe esta manera de relacionar el poder y la bondad, porque cambia totalmente el significado de poder. !La comprensión divina del poder no coincide con la mentalidad humana! Esta distinta (!y radicalmente distinta!) manera de ser entre Dios y el ser humano está sencilla y precisamente expresada en el profeta Oseas: Porque soy Dios, no hombre (Os 11, 9). Esta es la gran diferencia. La santidad divina se manifiesta en la misericordia, porque ama profundamente.
28.- Jesús no deja de insistir en esta distinción. Ustedes son de este mundo, Yo no soy de este mundo (Jn 8, 23). Es lo que Jesús le reprocha a Pedro cuando éste trata de disuadirlo en el cumplimiento de la misión. Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres (Mt 16, 23). Por ello, todo proceso de conversión implica un cambio radical: comprender a Dios desde Dios, es decir, desde el rostro humano de Dios, desde Jesús. Sólo desde este cambio de mentalidad resulta posible aproximarse al significado más profundo del Evangelio, porque es desde Jesús, y sólo desde Él, que se puede llegar a Dios. Sólo Jesús es el camino que conduce a la única verdad que llena de vida abundante al ser humano (cf. Jn 10, 10; 14, 6).
29.- Porque soy Dios y no hombre. En la vida, la muerte y la resurrección de Jesús, Dios revela otro concepto y otra comprensión del poder. El ser humano entiende el poder en términos de superioridad dominante, es decir, la capacidad de imponerse sobre el otro, ya que el poderoso es aquel frente al cual nada ni nadie se erige como obstáculo. El poderoso es aquel que tiene el lujo de hacer lo que se le ocurre. Por consiguiente, la comprensión humana del poder es auto-referente y los demás entran en cuanto están sometidos a la voluntad del poderoso.
30.- Por el contrario, en Dios el poder es amor, es decir, el poder dice relación a la capacidad de amar. Dios es amor y sólo sabe amar (cf. 1 Jn 4, 8 y 16). Dios es todopoderoso en cuanto que es todo-amoroso. El poder del amor es el poder sin poder, y el amor sin poder es un amor poderoso. El poder del amor es el poder del servicio, de pensar en el bien del otro, de sacrificarse por la salvación del otro. El poder divino es hetero-referente.
31.- Así, la potencia del amor es, a la vez, impotencia, porque siempre respeta la libertad del otro. Justamente, amar significa no imponerse, y la renuncia al poder implica exponerse al rechazo, a la infidelidad y a la traición de parte de la libertad del otro. El amor no recurre a la violencia y, en este sentido, resulta impotente. Pero, a la vez, el amor es todo-poderoso en su fidelidad constante y en su capacidad de liberar al otro. El poder del amor se hace vulnerable porque el otro puede aceptarlo o rechazarlo o, simplemente, ignorarlo.
32.- Jesús es la respuesta de Dios frente a la pregunta humana. También, para el cristiano, ante la presencia del dolor, Jesús es la respuesta. Pero esta respuesta no contesta la interrogante del por qué, ya que la respuesta del por qué se encuentra en la misma condición humana. Jesús es la respuesta divina al gemido del sufriente. Libremente, en Jesús, Dios hace saber al doliente que no está solo, que Dios sufre con él, porque es un Dios que conoció en carne propia el dolor y lo compartió totalmente. En Jesús se revela la historia de un Dios que quiere ser un companero en el dolor; pero también, en la Pasión de Jesús, se promete la superación del sufrimiento en, y por, la Resurrección. La historia de Jesús es la esperanza frente al dolor.
33.- Por consiguiente, la pregunta del por qué frente al dolor, se torna en con quién se sufre; el dejarse acompanar por este Dios doliente, que no suprime el dolor, ya que sería destruir lo humano, sino infunde esperanza en la promesa que ya se ha cumplido en el Hijo (cf. Rom 6, 4 – 9). El Misterio Pascual anuncia y pronuncia la Resurrección como la palabra definitiva. |